
“Es increíble cómo nos miran. Como si fuéramos muy distintos de ellos, como a criaturas extrañas. Nos rodean, nos observan con extrañeza, se miden con nosotros y hasta se hacen fotos a nuestro lado como si fuéramos animales del zoo o souvenires. Me siento incómodo, no puedo dejar de sonreír intentando que se mantengan alejados.”

Tierra baldía. 1986.
El primer párrafo podría ser la noticia de cualquier informativo al que le llega un teletipo donde dice que un montón de pequeñas personas se han colado en las salas del museo. El segundo, podría ser la declaración de cualquiera de esas personas. La noticia es real, si no lo creéis sólo tenéis que ir a verlo con vuestros propios ojos antes del 31 de agosto.
Posiblemente Juan Muñoz no llegó al culmen de su carrera porque por desgracia su vida acabó prematuramente, pero las obras que nos ha dejado hacen de él uno de los mejores representantes del arte contemporáneo de nuestro país. Por ello, el Reina Sofía le ha hecho una grandísima retrospectiva cediendo a sus obras gran parte del edificio Sabatini.

Conversación. 1996.
En silencio y en soledad se disfrutan más y mejor sus trabajos, se llega a entender mejor la ausencia de sentidos de sus personajes y el guiño a la incomunicación, uno de los temas más tratados. Pero también es curioso recorrer las salas viendo interactuar al público con las obras: intentando escuchar lo que dicen las esculturas, curioseando lo que miran, mirándose en los espejos en que se reflejan las figuras inertes… de repente, humanos y humanoides inanimados conviven en unas salas que se han convertido en sede de honor del surrealismo.

Sentados en la pared. 2000.
Pero bajo ese fondo de fiesta, esa alegría superficial es desconcertante. De nuevo me viene a la cabeza Giorgio de Chirico con sus maniquíes y esculturas. Se parecen mucho a nosotros pero no son como nosotros, son disecaciones de seres humanos. Hay algo macabro y a la vez burlesco, un humor negro que lo invade todo.
Los muñecos hablan solos sin la mano del ventrílocuo en su espalda, será que tienen algo que decir por sí mismos; los tambores no suenan, la percusión no la entienden aquellos que no saben cómo utilizarlos; de la lengua cuelgan hombres que no hablan; no hay ratón, ni hay gato, pero sabemos que están ocultos en alguna parte, ¿o acaso somos nosotros el ratón escondido en la oscuridad o el gato esperando cazarlo? Perplejidad y preguntas que esos hombres que han “okupado” el museo no nos van a contestar.
El despliegue de medios, la maravillosa escenografía, los rincones abiertos a los que no solemos tener acceso, y sobre todo, el maravilloso ingenio de las obras merece ir a establecer un diálogo con ellas y dejarnos sorprender sala tras sala.

Muchas veces. 1999.
“¿Por qué me miras así? Yo no soy el que doy pena. Tú sí que das pena intentando escucharme, a mi, a una escultura”

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