Durante estas dos semana estamos siendo testigos de las Olimpiadas de Pekín. A algunos se les enciende la vena patriótica que esconden vergonzosos si no hay partido o carrera de por medio, muchos se enganchan a ver deportes minoritarios que durante cuatro años no sabían ni de su existencia, otros se deleitan viendo cuerpos jóvenes y atléticos en plena ebullición, y la mayoría tragan lo que ven sin pensar demasiado. Sin embargo, las Olimpiadas representan uno de los grandes pilares de nuestra civilización, recordemos un poco su historia.
Todos sabemos que la cuna de de los Juegos Olímpicos fue la Antigua Grecia y que lo que conocemos de aquellos arcaicos juegos sin patrocinadores ni cámaras de última tecnología, es gracias a los escritos de historiadores de la época y restos arqueológicos que han llegado hasta nosotros. Sin embargo, pocos saben que en origen, las Olimpiadas no tenían ese espíritu de sana competitividad. Las primeras competiciones deportivas se basaban en lo que los griegos denominaban Agón, que equivaldría a una agresividad contra el rival para demostrar la superioridad física individualista. Esta actitud distaba bastante de la ética social, por eso, poco a poco, el deporte fue transformándose en un acto más social en el que los deportistas demostraban sus capacidades físicas pero para la comunidad, rivalizando con grupos de otros países pero sin la agresividad primitiva.
Lo que no cambió nunca fue el culto al cuerpo. El atleta era poseedor del cuerpo perfecto, el canon de belleza viene de aquellos antiguos deportistas. El arte griego se recreó en ellos, como es el caso del Discóbolo de Mirón del 455 a.C. En este caso, el atleta en pleno ejercicio, en pleno movimiento.


En la historia del Arte, los artistas no se han desvinculado del Deporte, al contrario, siempre ha sido una fuente recurrente. El problema es que la práctica del deporte como competición olímpica desaparece durante siglos, hasta que en 1896 Pierre de Coubertin funda los Juegos Olímpicos modernos gracias al descubrimiento de la antigua ciudad de Olimpia. A partir de entonces, resurge el interés general por el deporte y los artistas aprovechan esta situación para introducir de nuevo este tema en el arte pero adaptado a los nuevos tiempos.
Nosotros somos herederos de esa visión decimonónica, y por tanto romántica, del deporte, sin embargo, las Olimpiadas también han sido utilizadas en el siglo XX como propaganda política. Hitler aprovechó los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín para que Leni Riefenstahl rodara su afamada película "Olympia", un claro documento de exaltación de la raza aria. Y es que tratándose de principios como la búsqueda de la perfección, la superación, los cánones clásicos e inamovibles es muy fácil reutilizarlos para un discurso propio e "idiotizante", porque los Juegos Olímpicos tienen un fondo de hermandad, lucha, esfuerzo... y muchas virtudes para ensalzar, pero también, y como ya sabían los romanos, los deportes sirven para mantener a las mentes débiles ocupadas mientras el mundo sigue a su ritmo entre guerras, dictaduras o catástrofes ecológicas.


Las Olimpiadas de Pekín son increíbles (infraestructuras, nivel deportivo) pero la situación política y social de China ni se menciona, es como si en el gigante asiático no pasara nada. Todo es paz y concordia, y oros, y cuerpos y felicidad. Cuidado con este pilar de nuestra civilización, quedémonos con sus verdaderos valores y no nos dejemos engañar, la tierra no ha dejado de girar para retransmitirnos los Juegos Olímpicos.








